Espiritualidad

A TU LADO

Una antigua leyenda de los indios chéroquis, relacionada con el rito de iniciación de los jóvenes, dice que cuando a un muchacho le llega la hora de convertirse en hombre, su padre lo lleva una tarde al bosque profundo, le venda los ojos y lo deja allí.

El hijo se sienta en la cima de la montaña toda la noche, completamente solo, y no puede quitarse la venda ni pedir auxilio hasta que salgan los primeros rayos del sol. Si lo consigue, será considerado un “hombre”. Luego no podrá contarle su experiencia a los demás niños, porque cada uno debe hacerse hombre a su propio modo, enfrentando su miedo a lo desconocido.

El joven, naturalmente, se siente amedrentado y sobrecogido. En medio de la penumbra se escucha todo tipo de ruidos, lo pican los insectos, percibe el rozamiento de las serpientes por el suelo, el paso sigiloso de los animales salvajes y los graznidos de las aves nocturnas. Incluso puede pensar que algunos seres humanos van a lastimarlo. Siente frío, hambre y sed. Y así, mientras el viento sopla fuerte sobre la tierra y sacude las ramas de los árboles, él permanece estoico y no se retira la venda. Para los chéroquis, es la única manera de que los hombres se hagan hombres.

Finalmente, después de la noche aterradora, aparece el sol y al chico se le retira la venda. Con gran sorpresa, al abrir los ojos descubre que su padre ha estado con él toda la noche, sentado a su lado, protegiéndolo de cualquier peligro.

De la misma manera, nosotros nunca estamos solos. No percibimos que Dios vela por nosotros, “sentado a nuestro lado”. Cuando los problemas lleguen, todo lo que tenemos que hacer es confiar en que Él nos está protegiendo. No es necesario quitarnos la venda antes del amanecer.

El hecho de que no veamos a Dios no significa que Él no nos conozca.

Fuente: Lopera Jaime, Bernal Marta – “La vaca sin culpa” – Intermedio edit.

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