Salud y Bienestar

TODO LO (MALO) QUE TRANSMITIMOS A LOS HIJOS Y CÓMO EVITARLO

Nuestra influencia sobre los hijos es continua y directa. Aunque aparentemente muestren un comportamiento contrario al nuestro o pensemos que no nos hacen caso, lo cierto es que cuando los niños actúan sin presiones suelen repetir muchísimos de nuestros comportamientos. Pero eso tiene un lado bueno… y un lado malo.

Ansiedad

Cada vez hay más niños muy pequeños ansiosos. Se muestran así a la hora de jugar, de comer, de realizar las tareas escolares, de conseguir un objetivo… Algunos expertos dicen que puede ser el ritmo de vida actual, donde casi todo es inmediato. Pero, en ocasiones, “el enemigo” está en el propio hogar: en unos padres también ansiosos. En un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciencies–PNAS (Academia Nacional de Ciencias Americana) se asegura que también hay un cambio fisiológico: cuando les transmitimos ese comportamiento, se activan en exceso tres áreas de su cerebro: el mesencéfalo, el sistema límbico y la corteza prefrontal, con lo cual resulta bastante difícil ponerle freno. Puede ser la genética que acabe marcando esa herencia, pero tú también puedes intentar que no pase.

Evita frases como: “Venga, come rápido”, “Termina los deberes ya, como sea”, “Corre, que llegamos tarde al colegio”, “¿Es que no puedes darte más prisa?”.

Negatividad

Y… ¡Ojo! Porque la depresión –que es una enfermedad en toda regla– también se transmite y se pega por comportamientos ajenos y no únicamente por herencia genética. Ten en cuenta que el exceso de castigos (o que sean desproporcionados) puede convertir a los niños en personas negativas porque percibirán que siempre hay una respuesta mala a lo que hacen.

Evita frases como: “Da igual cómo lo hagas, no lo conseguirás”, “Saldrá mal, seguro”, “No tiene mañas para conseguirlo”, “Todo sale mal siempre”.

Pereza

¿Eres una persona impulsiva? Si es así, cuidado porque dicen muchos expertos que seguramente también te domine la pereza en determinados momentos. Y, si tienes hijos, seguramente se lo estés transmitiendo a ellos porque es otro de los hábitos que se adquieren. En este caso, y además de las palabras, son especialmente importantes los hechos: si los niños te ven demasiadas horas en el sofá en lugar de que acudas al gimnasio, salgas a caminar, te apuntes a cursillos, etc, no te extrañe que ese mobiliario sea su preferido en un futuro no lejano.

Evita frases como: “Bah, es igual, ya lo haré mañana”, “Qué bien se está sin hacer nada”, “Ojalá fuera rico para estar tendido todo el día”.

Inconformismo… y su contrario

Tener cierto inconformismo es bueno porque nos hace lograr metas; pero deja de ser beneficioso si nada de lo que conseguimos –o de lo que consiguen nuestros allegados– es suficiente. Sin embargo, ser demasiado conformista tampoco es lo adecuado. Procura evitar uno y otro y transmite a tus hijos lo bueno de fijarse objetivos, pero sobre todo hazles entender la importancia de que disfruten “en el camino”.

Evita frases como: “Ya estoy bien como estoy”, “Para qué voy a luchar por algo más si seguramente no lo consiga”, “Podías haber aspirado a mucho más”, “Ese puesto es demasiado poco para ti”, “¿Esto es lo único que puedes conseguir?”.

Irritabilidad

¿Te gustaría saber cómo te ve tu hijo? Haz la siguiente prueba: pide a un amigo (mejor que no sea familiar para que no haya implicación emocional) que pregunte al niño de qué manera considera a su padre o madre. Con dos o tres preguntas formuladas de manera diferente, el niño acabará confesando sus verdaderas impresiones: mamá es feliz porque ríe mucho; mamá está siempre enfadada… Si es esto último lo que dice, ten por seguro que es la imagen que das… y que el día de mañana puede repetir él o ella.

Evita frases como: “No me valoras lo suficiente”, “Estoy harta de ti”, “Un día voy a coger la puerta y no me volverás a ver”, “Es que siempre tengo que hacerlo yo todo”.

Estas tres marcas determinan lo que serán tus hijos

Rencor

Hablar mal de otros continuamente delante de nuestros hijos solo logrará fomentar en ellos la desconfianza y el rencor hacia las personas que se les acerquen, lo que puede acabar convirtiéndoles en huraños y solitarios. Si cargas las tintas contra alguien, intenta hacerlo razonadamente y siempre justificando tu postura con argumentos sólidos que, de manera más o menos objetiva, apoyen lo que tú opinas. Pero no caigas en la crítica fácil, y sobre todo evita la crítica que tenga que ver con el aspecto físico.

Evita frases como: “No voy a perdonarle jamás”, “Odio a esa persona”, “Le deseo todo lo peor”. “Ojalá le vaya mal en la vida”.

Soberbia

Todos nos equivocamos alguna vez, pero no todos sabemos pedir perdón por ello. Si tus hijos nunca te han visto hacerlo (quizá porque consideres que eso te debilita o te avergüenza), muy probablemente tampoco ellos “sepan” rectificar cuando caigan en errores. Enséñales el valor de la justicia y, si tú en alguna ocasión no has sido justa, también la importancia de dar la razón a otra persona. ¿Recuerdas la frase del poeta Alexander Pope? Decía: “Errar es humano, perdonar es divino, rectificar es de sabios”. Intenta transmitirles estos valores.

Evita frases como: “Yo nunca pido perdón”, “Pedir perdón es rebajarte”, “Tengo razón, y punto”.

Fuente: http://www.doctissimo.es/

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