Motivación

TRIUNFADORES Y PERDEDORES

La actitud ante la posibilidad de la derrota es uno de los principales aspectos que diferencian a un triunfador de un perdedor. Ante la derrota, el perdedor tiene dos actitudes básicas: el menosprecio y el pesimismo.

El perdedor que menosprecia la hipótesis de la derrota le presta poca importan­cia al adversario y no tiene conciencia de sus limitaciones. Por eso, con frecuencia lo toman por sorpresa.

La segunda actitud es el pesimismo. En ese caso, la persona cree que nació señalada para perder. Entra en las discusiones preparando una disculpa para la derrota. En el campo profesional, acostumbra aceptar de mala gana los desafíos, con el único propósito de probar que finalmente todo iba a salir mal.

Como el perdedor no cree en sí mismo ni en su capacidad de hacer cosas, trata de manipular a los demás para que se sientan obligados a asumir la responsabilidad que le compete a él. Vive como un mendigo. Pide amor, comprensión, piedad y, cuando no recibe, tacha a los demás de injustos porque se niegan a hacer lo que él quería.

El perdedor se siente satisfecho con sólo comenzar una tarea. Si llama a alguien por teléfono y el número está ocupado, no vuelve a marcar. No busca en la guía telefónica un número sustitutivo; no busca otro medio de hacer la tarea que depende, en principio, de aquella llamada. Está mucho más preocupado en explicar por qué no logra hacerlo que en completar su trabajo. Mantiene una estructura perdedora a su alrededor. Las personas con quienes se asocia, su casa, todo huele a fracaso. Es desorganizado y sin método.

El perdedor nunca da más de lo que le piden. Prefiere hacer menos porque de poco sirve hacer mucho para merecer más.

El perdedor es un especialista en problemas. Cultiva, riega y cosecha problemas. Entra en la oficina del jefe y siente un placer casi físico al verlo desesperarse con un problema nuevo que surgió.

Sin importarle el resultado de su trabajo, el perdedor espera tan sólo que termine la jornada laboral, que el día termine, que la vida termine. Su única conquista será la jubilación… que vendrá por sí sola, haga él lo que haga.

El triunfador, en cambio, sabe que no lograr algo forma parte de las posibilida­des de la vida. Si usted pone atención, notará que aproximadamente el 20% de lo que hace no da el resultado esperado. Usted llama a alguien y esa persona no está. Busca un libro y no lo encuentra. El triunfador sabe que si algo no produce el resultado deseado, eso forma parte del juego. No se enfurece como un niño sólo porque invitó a un cliente a almorzar y éste no aceptó. Sencillamente, piensa en la mejor forma de invitarlo nuevamente.

Cuando no logra realizar sus objetivos, en vez de empezar a torturarse y a culparse, trata de reflexionar sobre la manera de comportarse para aprender a mejorar.

Sabe lo que quiere, procura no distraerse, sabe calcular el tiempo para sus proyectos. Cuando se siente capaz de conquistar un empleo o un cargo mejor, jamás piensa: “Eso no es para mí”, sino que se pregunta a sí mismo: “¿Qué necesito hacer para lograrlo?”.

El triunfador no gasta su tiempo en crisis existenciales inútiles. Si pretende ser un pintor, sabe que necesita estudiar, consagrarse, terminar sus trabajos para su primera exposición. No anticipa las críticas ni se deja paralizar por la hipótesis de que sus cuadros no gustarán.

El triunfador tiene el corazón abierto y apasionado. Por consiguiente, si hace mucho tiempo que usted no se apasiona, sea por alguien o sea por el trabajo, hágale frente a esa falta de compromiso como a una enfermedad grave. Puede ser que la pasión produzca algunas heridas y rasguños, pero todavía es una de las formas más sublimes de sentirse vivo.

El triunfador experimenta un placer constante en perfeccionarse. Para él, aprender algo nuevo es siempre un motivo de fascinación. Quiere descubrir qué hay del otro lado de la montaña.

Sabe agradecer. Agradece no sólo a las personas que le dieron la mano en la escalada, sino también a las que le crearon obstáculos, pues comprende que los problemas son grandes maestros, al igual que aquellas pesas usadas en el entrena­miento de las jugadoras de voleibol, para que éstas salten más alto cuando llegue el momento del partido.

Tomado del libro “No le tema a triunfar” de Roberto Shinyashiki

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